Su llegada a Lima no había sido tan agradable como él pensó. Si bien estaba acostumbrado a volar por varias horas, no estaba acostumbrado a aquel desagradable olor que lo recibía mientras se acercaba a la manga para finalmente pisar el suelo peruano.
Sus padres le habían hablado de Perú un par de veces. Su madre, que amaba el turismo de aventura, había conocido Machu Picchu durante uno de sus viajes por América del sur. No había llegado a ir a Lima; por algo de unas marchas o protestas, la carretera había sido cerrada y tuvo que volver hasta Chile para regresar a París. Por otro lado, su padre había estado 1 vez en Lima por una reunión con los representantes de la compañía que él dirigía en Francia; se la había pasado dentro del hotel Marriot, en el BMW que le había otorgado la compañía durante su estadía o comprando algo de ropa en las boutiques mas exclusivas de la ciudad. Ellos no conocían Lima, no la real.
Mathieu por su parte, no gustaba de gozar la buena vida como sus padres. Nunca le había faltado nada, bastaba con demostrar algo de interés en algo para que se lo dieran en el menor tiempo posible. Había estudiado en uno de los mejores colegios de París, sabía hablar inglés y español casi perfectamente, tocaba piano y violín instruido por los mejores músicos de Europa y finalmente cuando dijo que deseaba estudiar pastelería casi de inmediato fue aceptado en "Le Cordon Bleu", una de las mejores escuelas por supuesto. Pero Mathieu definitivamente no gustaba de gozar de aquellos privilegios.
No estaba seguro cómo pero había logrado convencer a sus padres que deseaba trabajar y no sólo eso, sino que deseaba hacerlo al otro lado del mundo, en Lima. La pura y franca verdad era que deseaba empezar su vida de nuevo, sin privilegios, sin excesos, sin un apellido que le abriera las puertas. Lo había decidido: vivir en Lima y abrir una pastelería; suponía que no sería muy difícil.
Tuvo que dejar de lado sus pensamientos, ya estaba en la puerta de salida del aeropuerto y necesitaba tomar un taxi que lo llevara a su nuevo hogar. Se acercó a un señor que estaba cerca a él, llevaba el uniforme y credencial de los taxistas del lugar.
- Buenos días - dijo acercándose cordialmente.
- Buenas señor, ¿a dónde lo llevo?
Mathieu rebuscó rápidamente en uno de los bolsillos de su chaqueta y lo encontró, un papel arrugado con una dirección en él.
- A esta dirección por favor.
jueves, 3 de septiembre de 2009
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